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Gentiloni logra la confianza de la Cámara de Diputados


El Gobierno de Paolo Gentiloni logró ayer la confianza de la Cámara de Diputados por 368 votos a favor y 105 en contra. Se trata del primer trámite —una palabra que transmite la misma emoción que la aburrida sesión vivida en la plaza de Monte Citorio— de una investidura que deberá completarse hoy en el Senado, donde el Partido Democrático (PD) tiene una mayoría tan ajustada que siempre existe el riesgo de que los llamados francotiradores (los senadores del propio PD disgustados con Matteo Renzi) impriman un poco más de emoción a la jornada. La de ayer fue gris por tres circunstancias concatenadas.

La primera tuvo que ver con el discurso previsible y monocorde, casi en susurros, del nuevo primer ministro, Paolo Gentiloni. A diferencia de Renzi, de quien heredó el cargo y la práctica totalidad del gabinete, Gentiloni, a quien en el Parlamento llaman “el conde” por sus raíces aristocráticas, ni es un excelente orador ni lo intenta. Se mostró orgulloso del trabajo del Gobierno de Renzi, anunció que entre sus prioridades está la nueva ley electoral y la reconstrucción de los pueblos golpeados por el terremoto, y anunció que “el Gobierno intervendrá para garantizar la estabilidad de los bancos y los ahorros de los ciudadanos”. Solo se salió algo del guión para reprochar a los diputados del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y de la Liga Norte su decisión de que abandonar la cámara y participar en la votación.

La segunda circunstancia que contribuyó a lo anodino de la sesión fue precisamente la inasistencia de la verdadera oposición, por cuanto Forza Italia, que sí se quedó y votó en contra, parece destinada a pactar con el PD lo que sea necesario para que las elecciones se atrasen lo más posible, en un intento de que su todavía líder, Silvio Berlusconi, dé alguna señal para recomponer sus filas. Los diputados del M5S de Beppe Grillo y de la Liga Norte de Matteo Salvini decidieron no participar en la sesión como señal de protesta por el “gobierno fotocopia” de Renzi.

La tercera razón es que los verdaderos líderes de la política italiana —Matteo Renzi, Beppe Grillo, Matteo Salvini y Silvio Berlusconi— no son ni diputados ni senadores. Los tres primeros porque no se presentaron a las elecciones, y el cuarto porque fue expulsado por delito fiscal. Forma parte de su herencia que el debate político esté más presente en los platós que en el Parlamento.

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